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Palmar de Ocoa y su Bacanal

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LISTIN DIARIO / 7 DE MAYO DE 2014 / POR JUAN LLADO

Se espera que la especialización del viñedo evolucione.

 

Santo Domingo. La historia cuenta que ante los peligros de la conquista de México, Hernán Cortés quemó sus naves para que su soldadesca no huyera despavorida. Su oficio era guerrear y los taninos del buen vino no debieron importarle mucho.  Pero esa conquista acaeció años después que, siendo Escribano del Ayuntamiento de Azua, Cortés introdujera por primera vez la vid en las Américas para complacer sus papilas gustativas.  Lo que nunca imaginó, sin embargo, fue que el vino que fabricó en Azua iba a ser, siglos más tarde, el gran precursor del desarrollo turístico en esa comarca.

 

Aunque de noble alcurnia, Cortés era un aventurero empedernido. Tuvo once hijos y calificó como viticultor. Es dable pensar que invocaba a Baco, el Dios greco-romano del vino, para frecuentes “bacanales”.  Y porque vivió seis años en Azua, Cortés en algún momento debió impregnar con su tufo las playas de Palmar de Ocoa donde hoy se desarrolla el primer proyecto de enoturismo en la región del Caribe.  Fueron esas elucubraciones históricas las que inspiraron al corajudo promotor de Ocoa Bay Haciendas a concebir el sueño de producir vino y hechizar a los enoturistas hacia el tranquilo Palmar.

 

El proyecto es ya una plena realidad. Para lograr tal hazaña su promotor primero se fue a Chile a procurar los descendientes de las vides de Cortes. Contra un escepticismo rayano en burla por parte de expertos, logró que las plántulas importadas germinaran en las secas colinas de Palmar donde prevalecen la guasábara y los cactus. Con asesoría española y música ambiental (de Vivaldi) para estimular su sano crecimiento, las vides resultantes sorprendieron a los escépticos con el grado de azúcar y acidez requeridos para fabricar los buenos vinos que ya se degustan en el viñedo.

 

Con dos vendimias anuales y tres años en producción, los vinos serán cada vez mejor a medida que envejecen las vides.  Actualmente se experimenta con más de 30 cepas europeas y americanas, pero ya el proyecto ha comenzado a perfilar su propia identidad vinícola con la French Colombard.  Se espera, sin embargo, que la especialización del viñedo vaya cambiando a medida que se van desarrollando las diferentes cepas y las mismas reaccionan al ardoroso ambiente tropical.

 

En cualquier parte del mundo, los vinos son singulares porque los ambientes y las cepas se mezclan con variadas consecuencias. El Ocoa Bay tinto, por ejemplo, será muy singular porque las vides reaccionan de manera muy particular a la manipulación ambiental que el proyecto prohíja, incluyendo la generación de un “stress hídrico”.  El agua del manantial que brota de las montañas aledañas tendrá también su impacto, independientemente del moderno sistema de riego ahora usado en el viñedo.

 

Sala de Cata
La Sala de Cata ya existente deslumbra por su innovadora y arraigada arquitectura.  Su principal atractivo, sin embargo, es el sobrecogedor paisaje de la Bahía de Ocoa que se despliega con serenidad y majestad cuando se observa desde el viñedo. Y es que el enoturismo se asocia con paisajes porque se propone apelar a todos los sentidos, tanto a la sensualidad del gustativo como  a la finura del estético.  No se descarta que también reproduzcan urracas.  Y tampoco sorprendería si introducen el oso almizclero para coronar con perfume el somnoliento ambiente.

 

Sin tan exótica fauna se proyecta incorporar un pequeño hotel boutique para exploradores del sitio.  Además, “un  centro urbano o comunal, un spa ecológico de primer nivel adicionando  las facilidades propias de un pequeño pueblo, edificios y villas residenciales, plaza comercial, iglesia, cine y áreas verdes y recreativas”. Eventualmente habrá un pequeño poblado “mediterráneo” decorado de arte a borbotones.

 

A sabiendas de que la oferta enoturística debe ser diversa, el proyecto producirá uvas para satisfacer el consumo nacional a precios más bajos. El proyecto ya produce además higos, jamón de cabra y atún ahumado y se está experimentando con especies aromáticas, hortalizas, plátanos, ajíes, yuca, batata, limones, lechozas y miel de flores del bosque seco. Estos productos son consustanciales con la comarca y ya están generando una esperanza de redención económica entre los pobladores.  Los productos no vitivinícolas son promovidos por el proyecto como parte de su responsabilidad social.

 

El proyecto incorpora los criterios de sostenibilidad ambiental. La energía que consume la produce con paneles solares y, eventualmente, incluirá molinos para generar energía eólica. Hay una planta de tratamiento para las aguas residuales y la basura se manejará con los más exigentes estándares de higiene ambiental. Se han sembrado también 67,000 plántulas de guayacán en los dos millones de metros del proyecto para reforestar las lomas vecinas y exorcizar a la guasábara y el cactus.

 

La clientela de Ocoa Bay no será, por supuesto, la del “todo incluido” que predomina en otras esferas de la industria turística. El proyecto se propone vender su producción de vinos por suscripción a una clientela selecta, como otros viñedos del mundo.  Pero el componente inmobiliario no tiene precedente local: los compradores de lotes construirán sus viviendas con su propio viñedo adyacente y el proyecto les ayudará a producir su vino particular. Como también se ofrece playa y pesca, los adquirientes serán algo más que meros bebedores de esa poción celestial.

 

Ocoa Bay explota la cultura vinícola como elemento diferenciador. Aunque proyectos similares existen en otras latitudes, aquí es una primicia imaginativa y esperanzadora. Es el enorme potencial de desarrollo regional que la diversificación de su producción conlleva. En predios de bosque seco que nunca han sido explotados el proyecto promete transformar la vida de las comunidades vecinas con el efecto demostración de su novedosa producción. Ese rasgo del proyecto no tiene precedente a nivel nacional y ofrece un ejemplo enriquecedor en la industria sin chimeneas.

 

Si Cortés se hubiese imaginado todo esto tal vez no hubiera conquistado a México.  Afortunadamente, los ‘efluvios de Baco’ fueron embebidos por el “candoroso y bohemio” poeta azuano Héctor J. Díaz, quien sin los mimos obsequiados al Dios por ninfas, musas y hetairas, alcanzó la excelsitud del espíritu dionisíaco al declamar indiscretamente: “Que nadie me  conozca y que nadie me quiera/Que nadie se preocupe de mi triste  destino/Quiero ser incansable y eterno peregrino/Que camina sin rumbo porque nadie le espera.” Sin duda, Palmar de Ocoa se ha anotado un  gran éxito con el despegue de su enoturismo.

 

Los que llegarán a sus playas no serán los potros desbocados que engullen el “todo incluido” con frenesí de orates.  Serán más bien aquellos que, inspirados por su dulce serenidad, integren el vino a sus atractivos. Aquellos que, en su estilo taciturno, aspiren como el poeta a ser libres del mal: “Que no sepan mi vida/Ni yo sepa la  ajena/Que ignore todo el mundo/Si soy triste o  dichoso.”

 

Especial para Listín Diario

 

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