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Aportes de la Cueva fun-fun (3 de 3)

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Aportes_de_la_Cueva_fun-fun_3_de_3_01HOY / PAÍS BAJO TIERRA / 3 MARZO 2007 / POR DOMINGO ABRÉU COLLADO

El poblamiento aborigen en torno a la Cueva Fun-Fun no solamente apunta hacia una antigua y numerosa presencia, sino que además se trata de una presencia de larga permanencia, en la que indicadores como trigonolitos, la diversidad (y novedad) en el diseño de cerámica y la aparición de varios artefactos –conocidos hasta ahora como morteros– nos hablan de la gran estabilidad que disfrutaron los habitantes prehistóricos de esta zona.

Trigonolito encontrado en las cercanías de la Cueva Fun-Fun, en Capote, Hato Mayor. Su diseño se corresponde con las cabezas macorijes encontradas en la costa este del país.

Trigonolito encontrado en las cercanías de la Cueva Fun-Fun, en Capote, Hato Mayor. Su diseño se corresponde con las cabezas macorijes encontradas en la costa este del país.

Los trigonolitos, como el encontrado en una zona de sembrados de Capote, muy cerca de la Cueva Fun-Fun, siempre han sido considerados como los mejores indicadores de la actividad agrícola prehistórica permanente. No solamente de la actividad productora de yuca, sino de otras líneas de producción alimentaria a partir de la tierra. Pero en principio puede considerarse que en la zona se cultivó la yuca, probablemente en gran escala, tomando en cuenta la calidad de la tierra. El nombre reportado por los cronistas de Indias para la deidad que representaron los trigonolitos era Yucahú-bagua-maorocotí.

Un detalle interesante del trigonolito encontrado en Capote es su filiación morfológica con los trigonolitos macorijes, antes circunscritos a la región que ocupa actualmente San Pedro de Macorís. A estos trigonolitos también se les llamó “cabezas macorijes”.

Los trigonolitos eran enterrados por los taínos en las áreas dedicadas al cultivo permanente, como dijimos, principalmente de yuca. La presencia de la deidad, alimentando subterránea y espiritualmente el desarrollo de la plantación, era una garantía de que los frutos serían buenos, abundantes y saludables.

En relación con las cuevas, los trigonolitos no aparecían representados en el arte rupestre de su interior, tampoco en la Cueva Fun-Fun. La única excepción hasta ahora es el conjunto petroglífico de la Cueva del Ultimo Cielo, en Bonao, donde aparece un petroglifo de tres puntas y aspecto antropomorfo representando a la deidad mencionada.

Artefacto tenido como “mortero”, pero que puede haber sido utilizado como lámpara de aceite para la iluminación en el interior de las cuevas.

Artefacto tenido como “mortero”, pero que puede haber sido utilizado como lámpara de aceite para la iluminación en el interior de las cuevas.

En relación con los morteros encontrados en las cercanías de la Cueva Fun-Fun es necesario airear una teoría que puede arrojar luz sobre el uso del fuego para iluminación en el interior de las cavernas.

Es decir, para que alguna persona o pequeño grupo indígena se adentrara en una caverna necesitaba luz. En esos casos, luz de fuego, una llama. Una antorcha puede ofrecer esa luz, pero en los momentos de pintar sobre las paredes era necesaria una presencia extendida de luz, no grandes cantidades de antorchas, sino una o algunas que pudieran sostener la luz por un buen tiempo, el tiempo necesario para pintar o esculpir.

La utilización de antorchas para esos casos presumiría de la presencia de gran cantidad de humo en el interior de la cueva. Pero además, el desprendimiento de humo implicaría el ahumado del techo, principalmente de aquellos techos bajos en donde se han encontrado pinturas, como en las cuevas del Pomier, por ejemplo.

Sin embargo, no hemos encontrado en nuestras cuevas con arte rupestre techos ahumados. Los ahumados que suelen aparecer proceden de incursiones recientes, realizadas por personas que ahuman las paredes con teas (hachones) de keroseno para inscribir nombres y fechas.

La cuestión, la teoría, es que es posible que los pequeños “morteros” que aparecen en muchos sitios asociados a cuevas puedan haber sido utilizados como lámparas de aceite, utilizando grasa animal –de manatí, por ejemplo – y mechas de algodón, del que los taínos eran verdaderos artistas.

Aunque siempre se ha opinado que los morteros pequeños servían para moler bija, raíces o condimentos, es posible tuvieran un uso más común como lámparas, dada su pesadez, lo que facilitaría su inmovilidad en algunos sitios donde eran colocados.

Aunque reviste gran importancia para los estudios arqueológicos y rupestrológicos la cuestión de la iluminación en el interior de las cuevas por parte de nuestros aborígenes, todavía no se tiene una seguridad sobre el uso del recurso luz. Naturalmente, el primer recurso de luz debió ser la antorcha, pero luego deben haber avanzado mucho más, por lo menos, hasta donde no conocemos todavía.

 

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