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Las cuevas de Verón

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HOY / 23 SEPTIEMBRE 2006 / POR DOMINGO ABRÉU COLLADO

Localizadas en la provincia La Altagracia, al este de Higüey, las cuevas de Verón se abren en un farallón que al acercarse el visitante ofrece el aspecto de selva virgen, hasta que uno llega a la explanada que como área de recepción se encuentra frente al camino de entrada a una de las principales cavidades de la zona, y se da cuenta de que no, que no hay tal selva. Pero de todos modos, la impresión es agradable.

Un grupo de haitianos y haitianas, estacionados estratégicamente, ofrecen su mercancía: en el momento en que estuvimos, sombreros vaqueros de diferentes colores, lo que explica la existencia de unas como talanqueras en el área. Con toda seguridad para el atado de caballos, sabido el tradicional gusto de los higüeyanos para moverse a caballo tanto en los pueblos como por las zonas rurales. Eso explicaba la venta de sombreros vaqueros, que de otra manera estarían fuera de contexto, en una cueva, donde lo mejor es entrar con cascos de protección.

Aunque se conoce como Verón el área, en realidad es Burén como llaman al sitio donde están las cuevas, nombre de indudable procedencia indígena, y no explicada la procedencia de Verón, que bien pudiera venir también del Arawaco, pero ignorado su significado por ahora.

De las cuevas de Verón habíamos oído hablar en muchas ocasiones. Una de esas ocasiones fue durante una conversación entrevista con Manuel Ramón Montes Arache, quien nos dijo que ésas estuvieron en el listado de 30 cuevas que había preparado la compañía Fertilizantes Orgánicos Dominicanos –Arimón- para la explotación de murcielaguina. Y la descripción de Montes Arache sugería cavidades enormes, algunas con depósitos de agua en su interior.

Por razón del tiempo solamente estuvimos en una de ellas, la que resultó ser una cueva utilizada para la muestra turística local, que aparentemente –y según el “área de recepción”–, mucha gente visita esta cavidad, incluyendo turistas alojados en los hoteles del área de Bávaro y Punta Cana, que suelen acercarse a caballo o en automotores de los llamados “four wheels”.

La entrada de esta cueva es amplia, monumental, pues presenta varias oquedades para ingresar en ella, tanto caminando como descolgándose deportivamente por el techo de la entrada.

Dispersos, se pueden ver grandes peñascos, probablemente caídos durante el proceso de formación marina. Eso hace que el ingreso a la parte oscura sea un tanto difícil para las personas que normalmente no realizan estas visitas. E igualmente disperso se encuentra un importante número de petroglifos.

Encabezando “la lista”, aparece un monolito que con toda justicia podría llamársele “el Papa”, por el voluminoso aspecto, la mitra sobre la cabeza, la toga hasta el mismo piso, y hasta podríamos imaginar los brazos recogidos sobre el pecho, como apretando contra sí un misal y un rosario.

Cerca de “El Papa”, pudimos encontrar algunas pictografías en negro. Específicamente cuatro, dos de ellas aparentemente antropomorfas, como una frente a la otra.

Más al interior, sobre las grandes rocas y concreciones, encontramos aproximadamente una veintena de petroglifos. Y más dentro todavía, donde solamente llega un pequeño haz de luz, otro petroglifo a poca altura del suelo, pero que no nos pareció del todo auténtico. Habría que revisarlo bien, y no teníamos en ese momento ya tiempo para ello.

La zona se presta para un largo trabajo espeleológico y arqueológico, aunque por las noticias recibidas sobre la explotación de murcielaguina se prevé la pérdida de materiales que debe haber ocurrido.

De todas maneras, las Cuevas de Verón son otro sitio dentro de la agenda espeleológica que hay que trabajar con mayor profundidad.

 

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