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Contaminación de ríos alcanza niveles críticos

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A la izquierda, vistas del río Ozama con sus túrbidas aguas cubiertas por desechos y lilas, plantas que proliferan por la elevada contaminación. A la derecha, el Yaque del Norte, a su paso por el municipio de Palo Verde, provincia de Montecristi, arrastra gran cantidad de basura, despojando de oxígeno las aguas de este río que muere lentamente.

A la izquierda, vistas del río Ozama con sus túrbidas aguas cubiertas por desechos y lilas, plantas que proliferan por la elevada contaminación. A la derecha, el Yaque del Norte, a su paso por el municipio de Palo Verde, provincia de Montecristi, arrastra gran cantidad de basura, despojando de oxígeno las aguas de este río que muere lentamente.

HOY / 27 DE ENERO DE 2014 / POR MINERVA ISA

La ausencia de una cultura conservacionista que permita apreciar el valor ecológico y económico de los sistemas acuáticos, conciliando el desarrollo con la sostenibilidad ambiental, contamina los ríos, los convierte en cloacas, en basurales.

La polución de ríos, arroyos y otros acuíferos, en su mayoría reversible, no ha sido debidamente enfrentada por el Gobierno ni siquiera en los afluentes principales.

Y lejos de ocuparse de impulsar campañas educativas para preservar el agua, los ayuntamientos, sobre todo los de la Capital y Santiago, no logran siquiera cumplir con la recogida de basura, la que arropa esas y otras ciudades con alto riesgo para la salud y un mortal efecto sobre los acuíferos superficiales y subterráneos.

En la población domina la mentalidad de que los ríos, todo el ambiente, son basureros naturales y que sus aguas sirven para llevarse todo sin costo alguno: animales muertos, heces fecales, gasoil, lubricantes, residuos de plomo… ¡Todo! En una agresión excesiva, brutal, vierten en ríos y arroyos desechos domésticos e industriales, tóxicos peligrosos que lesionan el ambiente y causan enfermedades.

Sin controles ambientales, arrojan los residuos indiscriminadamente en vertederos no bien diseñados o abiertos como Duquesa, montaña putrefacta desde donde el aire disemina una carga mortífera de virus y bacterias.

Altamente dañinos son los lixiviados de basuras que las lluvias arrastran hasta los acuíferos, contaminándolos con microbios que también llegan al subsuelo.

Aguas muertas. Ríos y arroyos se llenan de impurezas con los desperdicios de poblaciones radicadas en sus orillas, que van dejando ríos de aguas muertas.

La polución le quita oxígeno a las aguas de los ríos Ozama, Isabela, Higuamo y Yaque del Norte, a numerosos afluentes. ¡Mata de asfixia las fuentes de agua!

La cuenca baja del Haina, asiento de un parque industrial, está muy lesionada. Asimismo, las cuencas media y baja del Yuna, Camú y otros ríos, por el impacto doméstico, minero, industrial y agrícola.

En sus aguas vierten desechos orgánicos fermentables o de descomposición lenta, fenoles, ácido clorhídrico, petróleo, plásticos, diversas sustancias no biodegradables.

Fuerte carga. Muy nociva resulta la polución hídrica por sedimentos, agroquímicos, residuos mineros, descargas industriales sin tratar o inadecuadamente tratadas.

Industrias que operan sin control ambiental generan una contaminación que no solo afecta el sitio adonde echan los residuos, pues la lluvia los conduce hasta fuentes de agua.

A ríos y arroyos llegan vertidos incontrolados de fábricas de jabón, detergentes, licorerías, textiles, embutidos, pintura, destilerías, entre otras que concentran metales, desechos de hospitales y laboratorios con sustancias peligrosas:

Arsénico, asociado a la leucemia; cadmio, al cáncer renal y problemas óseos; cobre, que afecta el hígado, y plomo, vinculado al parto prematuro, saturnismo, aborto y retardo mental.

El uso indiscriminado de fertilizantes, plaguicidas y otros agroquímicos implica riesgos potenciales para la salud de la población y de los recursos hídricos.

El fosfato de fertilizantes y detergentes provocan un crecimiento desordenado de plantas acuáticas, las que al completar su ciclo de vida se descomponen por las bacterias que le usurpan el oxígeno.

La putrefacción les exige más oxígeno, y si la dosis requerida supera la que el río contiene, se crea un déficit y una acumulación de dióxido de carbono. La capacidad del agua para disolver el oxígeno se reduce, surgen malos olores, se imposibilita la cría de peces, se convierte en un foco de infección.

Este fenómeno, denominado eutroficación, se observa en las aguas infestadas del Ozama. Las cubre una alfombra de lilas, respuesta biológica a la alta polución. El río busca una forma de sobrevivir y lo hace a través de esas plantas. La proliferación de lilas es aún mayor en el Isabela, afluente de aguas muertas, desde el barrio La Zurza hasta Los Tres Brazos.

El Ozama e Isabela reciben aguas negras en alto grado sin tratar, descargas cloacales e industriales. El mayor nivel de polución se produce en la confluencia del Ozama e Isabela, con aguas residuales en el estuario donde penetra el mar, mezclándose agua dulce y salada.

La degradación del Ozama atenta contra la salud pública, como recipiente de efluentes industriales y basurero de populosos barrios: La Yuca, Cristo Rey, Puerto Isabela, La Zurza, Simón Bolívar, Los Guandules, Capotillo, Las Cañitas, Gualey, y en la margen oriental, Los Tres Brazos, Sabana Perdida, Vietnam y Katanga.

En el Gran Santo Domingo, un centenar de cañadas se convirtieron en cloacas, de las que sanearon la de Bonavides. En ellas vierten desperdicios y aguas residuales que también llegan al Isabela, Haina y Manoguayabo. De gran impacto han sido las de La Zurza, La Milagrosa, Arrozal, San Luis, Los Dulceros, Gualey, Jalisco, Simón Bolívar, Cañada del Diablo y Capotillo.

Autopurificación. La naturaleza dotó a los ríos de mecanismos de autopurificación. Previsora, dio a sus caudales suficiente capacidad de dilución para librarse de sustancias extrañas que lleguen a su curso.

Mas, la polución sobrepasa ese medio de defensa y las aguas se degradan, mueren por falta de oxígeno. Indefensos, los ríos no pueden responder al ataque de la enorme carga tóxica, pues se reduce su capacidad de dilución, la que depende de la cantidad de agua que fluye por su cauce.

Los peces no resisten el embate a su hábitat. Fauna y flora desaparecen del medio acuático, se altera la biodiversidad, mueren los microorganismos.

Los ríos con mayores caudales y por lo tanto con más oxígeno, pueden autodepurarse. El movimiento de sus aguas las oxigeniza, impide que sobrevivan bacterias.

Mediciones de oxígeno en un afluente no contaminado reportan niveles óptimos de saturación: 14 miligramos por litro, mientras el Ozama ha presentado una media de 1.5 y 2, muy bajo, siendo O igual a un río muerto.

Grave es la polución del Higuamo. En la parte más alta, menos degradada, midieron 9 miligramos de oxígeno, y hasta O en las más bajas.

Mientras, el Yaque del Norte agoniza por la contaminación doméstica e industrial, acentuada al cruzar Jarabacoa. En su curso hacia la presa de Tavera lo alivia un proceso natural de purificación, pero al llegar a Santiago recibe una fuerte agresión tóxica, sobre todo de los arroyos Nibaje, Jacagua y Gurabo.

Por la polución, los caudales del Yaque, Ozama, Higuamo y otros afluentes se convierten en aguas perdidas, ríos muertos que deben ser liberados de la alta toxicidad.

 

ZOOM

¡No contamine!

Prevenir la polución del agua evita enfermedades, mejora la economía, garantiza una vida sana.

__No arroje basura ni vasos plásticos y otros desechos en ríos y playas. Prefiera productos biodegradables, como detergentes, jabones, shampoo y otros.

__No vierta al drenaje público: aceite, solventes, medicamentos, gasolina, diesel, pinturas o baterías. Estas requieren de un tratamiento especial.

 

LAS CLAVES

  1. Calidad del agua
    Conservar la calidad del agua amerita de especial atención. El Gobierno y la ciudadanía deben protegerla de la polución desde la fuente hasta el consumidor. Adoptar medidas para conservar los ecosistemas y restablecer la integridad ecológica de aguas subterráneas y superficiales, ríos, lagos, humedales y zonas costeras.
  2. Evitar la polución
    Es preciso priorizar la prevención de la contaminación del agua, más económica que su recuperación. No verter desagües de ciudades, industrias, etc., en ríos, lagos y mares. Menos aún los relaves mineros, tóxicos para la salud humana y la vida acuática. De alta responsabilidad es la disposición de desechos en sitios especiales. Cuando, tras utilizarla, el agua sea devuelta a su medio natural, no poner en peligro usos ulteriores.
  3. Prohibir asentamientos
    El Gobierno debe prevenir la contaminación a orillas de los ríos y en la proximidad de otras fuentes de agua, y prohibir la construcción de letrinas a menos de 50 metros de ellas. Y, sobre todo, comenzar a reubicar a las familias en alto riesgo radicadas en márgenes de ríos.
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