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La educación ambiental y la enseñanza de valores

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Ganso de Hawaii, ave estatal de Hawaii.

Ganso de Hawaii, ave estatal de Hawaii.

DIARIO LIBRE / 21 DE NOVIEMBRE DE 2011 / DE SIMÓN GUERRERO

Ideas sobre la necesidad de cambiar la forma de percibir y actuar ante la naturaleza

Kona, Hawaii. Participo en un simposio sobre Educación Ambiental organizado por la Universidad del Estado de Mississipi, en el seno de la 18va Conferencia Anual de Wildlife Society, un evento gigantesco con más de 1500 participantes que celebra esta institución que en el 2012 cumple 75 años de fundada. Asisto en representación del Decanato de Investigación Académica de la Universidad Iberoamericana (UNIBE).

Todo se decidió a mediados de este año, cuando Leslie Burger, del área de Educación Ambiental del Departamento de Pesca y Vida Silvestre de la Universidad de Mississipi, me invitó a participar en este simposio. En su carta de invitación la Dra. Burger me explicaba que el Dr. Francisco Vilella, investigador y docente de dicha universidad, había recomendado con insistencia mi inclusión en el simposio.

Me bastó escuchar la primera ponencia para entender el interés del Dr. Vilella en que participara en el evento. Era evidente que deseaba que se oyera una opinión diferente a la predominante entre los especialistas norteamericanos sobre este tema.

Por lo que observé en este encuentro, la educación ambiental en EUA parece guiarse por la ética ingenua que se atribuye a Sócrates: “El que es malo es porque no sabe”. Según esta divisa, las personas actúan de manera hostil hacia el ambiente porque son “analfabetos ecológicos”.
Coherentes con esta visión, todos los esfuerzos están orientados a suplir esa deficiencia. Son programas de alfabetización ecológica, en los cuales se enseñan los principios científicos como si se tratara de un curso convencional de biología, aunque dedicando más tiempo a actividades en el ambiente natural. Insistí en mi presentación en que la educación ambiental no se limita a transmitir conocimientos ni a enseñar habilidades, sino que, como de lo que se trata es de enseñar valores, persigue objetivos más difíciles y pretenciosos: cambiar la forma de percibir y de actuar ante la naturaleza y el ambiente.

En mi presentación ilustré esta diferencia con ejemplos que confirman que no es lo mismo transmitir conocimientos que enseñar principios. Solía tener encuentros con estudiantes que participaban en los programas educativos del Zoológico. Primero conversaba con ellos en un aula, donde les hacía preguntas sobre diferentes temas de conservación y ecología. Los estudiantes demostraban que conocían con propiedad los temas de conservación y ecología. Al final del conversatorio, los invitaba a ver un “jardincito ecológico” que teníamos a pocos metros del aula y les pedía que me ayudaran a mejorarlo. Era un área de unos 3 metros cuadrados donde habíamos plantado arbustos y yerbas silvestres que atraían insectos, aves y lagartos. En este escenario natural, salía a relucir lo que los estudiantes realmente pensaban sobre la vida silvestre. El mismo niño que minutos antes había disertado sobre la importancia de los insectos en los ecosistemas, reaccionaba alarmado al ver un hormiguero en el jardín y recomendaba echarle agua caliente porque eran “animales peligrosos que picaban muy duro”. Lo que “aprendieron” en clase era pura retórica que sólo servía para complacer a los maestros y aprobar el curso. Habían aprendido a hablar sobre la naturaleza, pero mantenían hacia ella la misma actitud hostil. (Continuará)

(guerrero.simon@gmail.com)

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