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Agua Sobreexplotación y despilfarro

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En Las Charcas, Azua, este campesino prepara un horno de carbón. Proliferan en montañas del Sur, destruyendo los remanentes del bosque. Napoleón Marte.

En Las Charcas, Azua, este campesino prepara un horno de carbón. Proliferan en montañas del Sur, destruyendo los remanentes del bosque. Napoleón Marte.

HOY / 20 DE ENERO DE 2014 /  POR MINERVA ISA

Fuimos testigos de la devastación. Vimos transformarse el paisaje, pasar del verde al ocre, de las montañas con su verde atavío a los suelos desnudos, hasta presenciar hoy un drama ecológico de inquietantes dimensiones:

Bosques, ríos y arroyos, lagos, lagunas y humedales destruidos por la irracionalidad y la desmesura. El agotamiento y contaminación de las fuentes de agua sin una decidida política gubernamental que frene el proceso de deterioro, sin acciones regeneradoras para recuperar las cuencas hidrográficas y lograr el retorno de las aguas.

Peor aún cuando nos advierten que el cambio climático impactará el régimen de lluvias, la temperatura y el nivel del mar.

Una realidad de alto riesgo, no solo porque nos acerquemos al umbral de las tensiones hídricas, previstas para República Dominicana desde 2020 y 2025, aunque ya el Gran Santo Domingo llegó a ese nivel con un déficit de agua potable agudizado en esta y otras demarcaciones por la pertinaz ineficiencia en su manejo. Años y años de pérdidas por fugas y desperdicios que sobrepasan la mitad del volumen producido por los acueductos.

Crítica realidad, acentuada por la ausencia de una cultura de ahorro que detenga el dispendio, sin un fuerte espíritu conservacionista que aquilate el valor de cada gota de agua.

Daños en cadena. Somos responsables de un crimen ecológico por el que la naturaleza comienza a aplicar sanciones. Una agresión brutal de la que no nos hemos arrepentido y seguimos degradando los ríos, convirtiéndolos en basurales, arrojándoles residuos tóxicos, plásticos no degradables, toneladas de desechos.

Nuestra generación, la del sesenta, permanecía impasible ante la deforestación, contaminación y extracción de grava y arena, causantes de la degradación junto a la agricultura migratoria y el pastoreo, incendios forestales, turismo y minería con métodos lesivos al ambiente.

Las secuelas son graves:

__Exigua infiltración de las lluvias al subsuelo, extinguiendo las reservas de agua que nutren los ríos.

__Pérdida de su capacidad de autopurificación para eliminar contaminantes.

__Destrucción de suelos aluvionales en la ribera de ríos, los de más fertilidad.

__Desvío del lecho por la extracción de áridos hasta dejarlos exhaustos.

En aquellos tiempos de pocas luces, oíamos el alerta de ecologistas, los pioneros que nos advertían el impacto nocivo de la deforestación en suelos y aguas.

La mayoría ignoraba que se trata de una perturbación que genera efectos en cadena y propicia las condiciones para mayores inundaciones, erosión, sedimentación y salinización, que arrebatan miles de tareas a la producción agrícola.

Y es que en la naturaleza todo está concatenado. La agresión a un ecosistema repercute negativamente en los restantes, genera fuertes desequilibrios.

Pronto lo constatamos. Caudalosos ríos que refrescaron nuestra infancia se extinguen, se hicieron intermitentes. En días de lluvias torrenciales se desplazan amenazantes, toman un curso errático, sedimentando presas y canales con sus enlodadas aguas.

Antes de convertirse en hilos de agua no sabíamos que al secarse un río se desarticula todo un ecosistema. Se afectan los seres vivos que dentro o en torno a él se desarrollan: peces, crustáceos y otras especies, miríadas de microrganismos. Solo una gota de agua, vista al microscopio, muestra un universo fascinante, cuya transparencia esconde gran biodiversidad.

Orografía privilegiada. El Creador nos regaló con prodigalidad bosques y aguas, dotó de nutridas fuentes acuíferas a esta isla montañosa, con altas pendientes de las que se despeña este petróleo blanco para generar electricidad.

Excelente orografía que nos confiere una ventajosa condición hidrográfica. Ríos navegables, cascadas, manantiales, preciado don del que nuestros ancestros dispusieron en abundancia.

Caudalosas corrientes manaban de montes con aroma de pinos, ébanos y caobales de altura prodigiosa que empezaron a caer abatidos en el siglo XIX con cortes de maderas preciosas para exportarlas a Europa, mucho antes de instalarse en 1978 el primer aserradero en Cotuí.

En 1906 el territorio nacional conservaba el 85% de su cobertura boscosa, como determinó Kark Woodward, primer ingeniero forestal que visitó el país. La tala de árboles aumentó con la invasión norteamericana de 1916, dando espacio a cañaverales y carreteras.

Aún así, densos bosques pervivían hasta mediar el siglo XX, cuando arreció la deforestación, intensificada en decenios siguientes, desmontando vastas zonas para obras viales y monumentales presas, en su mayoría sin un estudio ambiental.

Desde la infancia. Año tras año, acompañamos el proceso degradatorio a la par con nuestro ciclo existencial: en la niñez corríamos por campos arbolados, floridas zonas silvestres entre arroyos y cascadas.

Adolescentes, presenciamos la tala de bosques de galería, una barrera verde de protección. Tras la prohibición legal de los aserraderos en 1967, la deforestación prosiguió en la clandestinidad, mientras campesinos sin tierra escalaban los montes, abriendo espacio a labranzas de laderas.

En la juventud atestiguamos el arrastre de la capa vegetal de los suelos, la excavación de los ríos al expandirse la industria de la construcción, mientras la minería dejaba montañas peladas y el turismo devoraba manglares y bosques costeros. Decenios después, hemos tenido vivencias inimaginables:

__Caminar por lechos de ríos reducidos a pedregales, transitar montes desnudos.

__Pasar por un arroyo con el cauce borrado, perdida su transparencia al contaminarse con cianuro.

Vimos agonizar al legendario Ozama y el Isabela, perder caudales al Yaque del Norte, Ocoa, Haina, Nizao, Nigua y Yubaso y otros que cimentaban el potencial hidrológico nacional.

Dejamos morir de sed al Hatuey, Jayaco, Mijita, Baní, Las Charcas, Vía, Jura, Peralta, Tábara, Viajama.

A un manto de arena y piedra se redujeron otros ríos y arroyos: Macasías, Vallejuelo, Panzo, Los Baos, Barrero, San Juan, Estero, Jimaní, Bermesí, Palomino, Río Grande y Birán.

Permanecimos impasibles. Ignorábamos el valor ecológico de aguas, suelos y bosques, soporte de la vida presente y futura. Sin ellos se compromete la producción de alimentos, legaríamos a hijos y nietos un desierto como heredad.

Las generaciones posteriores tienen mayor educación ambiental. Ecologistas reclaman protección, nos invitan a un nuevo estilo de vida en armonía con la naturaleza. Mas, la población aún no reacciona, carece de una conciencia conservacionista, una firme convicción traducida en acciones que protejan las aguas.

Advertencia. Organismos nacionales e internacionales nos advierten sobre la inminente crisis de agua. Un pronóstico que nadie quiere oír. Preferimos negarlo, más aún si todavía no altera nuestro entorno personal o familiar. Optamos por la indiferencia, acomodados en la errada creencia de que “ignorancia es felicidad”.

“Felices e indocumentados” vivíamos cuando hachas y sierras arrasaban los bosques. Hoy, el desastre ecológico es visible a cada paso, pero en las prisas cotidianas nos comportamos como si no lo supiéramos, como si nada ocurriera, sin adoptar correctivos para la conservación y uso racional del agua, principio y fin de la vida.

¿Seguiremos impasibles? ¿Qué sucederá? La ausencia de acciones regeneradoras nos precipita como tren descarrilado hacia la catástrofe ambiental.

¡Hay que frenarlo!

m.isa@hoy.com.do

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