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El tesoro de una científica rebelde (1 de 2)

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El_tesoro_de_una_científica_rebelde_1_de_2LISTÍN DIARIO / 23 DE FEBRERO DE 2015 / POR ELIVÁN MARTÍNEZ MERCADO

Centro de Periodismo Investigativo

Ana Roqué de Duprey, luchadora por el derecho al voto de las mujeres que sabían leer y escribir, se encontraba enferma en cama en su casa de Río Piedras. La trataron con leche salpicada de café, jugo de toronja y alcanfor. Tomó poción diurética, caldo y champán. Recibió poción para la tos, ventosas y cataplasmas en el pecho. Luego comenzaron a llegar las ofrendas florales. Era el 3 de octubre de 1933. Roqué dejaba tras de sí una obra científica de carácter olímpico que no vería publicada jamás.

Había trabajado durante casi 30 años en un libro sobre plantas y árboles que la consagraría como una de las divulgadoras de la ciencia más importantes del Caribe. Pero fue subestimada por Carlos E. Chardón, una de las autoridades científicas masculinas de principios de Siglo XX. Quedó inédita su Botánica antillana. Casi 90 años después de que ella la escribiera, abrí un sobre. Un viejo manuscrito se deslizó hacia fuera. Supe que había encontrado el libro perdido de Ana Roqué.

Para no estropear las páginas amarillentas y debilitadas por el tiempo, cubrí las manos con guantes de tela. Pasé con cuidado la cubierta del manuscrito 1™. Apareció el dibujo de una palma real. Debajo se anunciaba el año 1925. Era la versión más pulida y completa encontrada hasta el momento sobre la obra: “Está para terminarse y se vende a una casa editora”, confirmaba una nota al calce de la portada.

Los manuscritos están organizados en 30 libretas a rayas, como las que usan los escolares. Eran pertinentes entonces y lo son ahora, porque revelan conocimientos que pueden fortalecer una agricultura reducida, como la de Puerto Rico, que importa el 85% de los alimentos del extranjero. La Botánica antillana describe más de 6,000 especies de plantas y árboles de las islas.

Ahora que la guanábana está de moda por sus alegadas propiedades hasta para curar el cáncer, Roqué trae buenas noticias. La libreta 3, página 64, resalta las bondades de la Annona muricata: “El té hecho con las hojas tiernas tiene propiedades estomacales y pectorales. La pulpa de la guanábana agria, usada tópicamente, hace salir las niguas [insectos que penetran en la piel]y cura las fuertes lastimaduras causadas por ellas. Son alimenticias las guanábanas cuando se cuecen antes de madurar… El polvo de la semilla de esta fruta mata los piojos. El jugo de la fruta, tomado en ayunos, se ha empleado en las enfermedades del hígado”.

Así describía los usos de las plantas y los árboles Ana Roqué. Redactó su libro para que puertorriqueños y ciudadanos del hemisferio aprendieran las propiedades medicinales, industriales y agrícolas de las especies, según escribió con su puño y letra.

Las páginas de estilizada caligrafía componen un libro bilingüe, en inglés y español, con vocabulario accesible. “Escrito no para las universidades, sino para vulgarizar [divulgar]conocimiento útil entre el pueblo compuesto de agricultores, comerciantes, industriales, médicos, farmacéuticos, enfermeras, jardineros y padres de familia”, añadió.

Sus libretas jugaban al contrapunto entre ciencia y literatura. El manuscrito que ella marcó como 1™ contenía el poema La canción de las Antillas, de Luis Lloréns Torres: “¡Somos islas! Islas verdes. Esmeraldas en el pecho azul del marÖ”. Roqué, en efecto, se había preocupado porque su trabajo no terminara extraviado en laberintos de una biblioteca especializada para académicos. Por eso incluyó poemas y relatos de escritores de la época, con el fin de que el estudio botánico resultara entretenido. Añadió 400 dibujos a color y 150 en blanco y negro, algunos posiblemente de su autoría, pues tienen las iniciales A.R.

“La Botánica antillana no está pensada para razonar sobre las plantas, está escrita para sentirlas”, observó el doctor Jorge Carlos Trejo, un botánico mexicano que había estado tras la pista de las libretas desde 2011, con el fin de publicar la obra. “Muchos de los libros científicos de la época no tienen el ideal de la divulgación científica. Esta es una obra adelantada a su tiempo”. La Botánica antillana, afirmó Trejo, podría considerarse uno de los documentos históricos, literarios, educativos y de difusión de conocimiento sobre plantas y árboles más importantes de principios del Siglo XX en las Américas. El maestro Agustín Stahl, la autoridad científica de la Isla entre los siglos XIX y XX, había publicado parte de la flora puertorriqueña en una obra científica y técnica. No es de extrañar que una alumna suya con capacidad intelectual y trasfondo pedagógico diera el salto adelante: escribir una botánica para todos y todas.

Naturaleza

El sol comenzaba a calentar. Roqué montaba un caballo y corría por una hacienda en el pueblo de Isabela. La joven de 19 años guardaba en una bolsa de cuero las plantas que se le cruzaban en el camino. En la casa donde vivía junto a su esposo, en una loma en medio de un llano, las comenzaba a identificar.

La muchacha maduraba con una necesidad innata de estudiar la naturaleza. Se entrenó en botánica, zoología, astronomía, geología y meteorología con Agustín Stahl.

Roqué había nacido el 18 de abril de 1853 en el municipio de Aguadilla, donde aprendió a escribir a temprana edad. El periódico Puerto Rico Ilustrado del 28 de mayo de 1927 cuenta que, en una carta dirigida a una amiga suya, escribió: “hoy tengo tres años, tres meses y trece días”. Creció como alumna aventajada y fundó una escuela privada a los 13 años, donde empezó a preparar su primera obra: una geografía universal para sus alumnas, que se convertiría en texto de referencia en aulas del país. Luego se desarrolló como una de las educadoras pioneras del sistema de educación público y privado.

En 1878, a los 25 años, se mudó a la capital. Intelectuales como Manuel Fernández Juncos y Alejandro Tapia subían hasta la azotea de su casa en San Juan para escuchar sus charlas de astronomía. Luego ingresó en la Sociedad Astronómica de Francia.

Roqué idealizaba la ciencia casi hasta rayar en el misticismo. La consideraba “luz divina”, “piedra filosofal” que producía dinero y progreso, alquimia para llevar al humano por los misterios de la naturaleza “cuyo centro convergente es Dios”, escribió en una edición de La Crítica de 1915.

Tras separarse de su esposo en 1884, la necesidad económica la llevó a buscar trabajo como maestra. Estados Unidos invade la Isla en 1898. El nuevo gobierno militar le da un puesto en la Escuela Normal de San Juan y, en 1899, en Mayagüez, donde permanece dos años impartiendo clases de inglés.

Fue durante esa última estadía que se le ocurrió la idea: habría de escribir, publicar y vender un libro sobre plantas y árboles, con el fin de obtener dinero para levantar un jardín botánico en Puerto Rico, una institución fundamental para la agricultura, la industria y el comercio. Se llamaría la Botánica antillana.

Punto de inflexión

La ciencia en la Isla se desarrolló en una sociedad colonial y dominada por hombres; desde las crónicas del conquistador español Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557) hasta el alemán Ignatz Urban (1848-1931), quien estudiaba especies usando herbarios europeos sin haber venido a las Antillas.

Roqué marcó un punto de inflexión en esa historia, como mujer y puertorriqueña, cuando en 1906 empezó a preparar la Botánica antillana:

“Yo soy la flora espléndida de un mundo de colores; tesoros mil encierran mis plantas y mis flores”

Describió hojas, troncos, frutos y flores. Refirió colores, tamaños y texturas. Consignó que el limón común (Citrus limonum) combatía obstrucciones del hígado, las hemorragias, las verrugasÖ Reproduciendo consignas que parecen contradictorias a su visión de la mujer, escribió que el árbol florecido “es suficiente para llenar de fragancia un jardín”, y que sus flores son “fragantes y bellas, siendo el símbolo de la virginidad; por eso las llevan las desposadas en sus tocados”. Su idea, al comenzar el proyecto botánico, era preparar un libro para enseñar en las escuelas como ya lo había hecho con su libro de geografía universal, según se desprende de un análisis de borradores de la obra, fechados de 1906 a 1908, y otros entre 1906 y 1913. Describían plantas con un tratamiento infantil, y contenían ejercicios de aprendizaje, especialmente preparados para estudiantes de primer grado en adelante.

Los círculos intelectuales comenzaron a prestar atención a lo que Roqué había hecho hasta el momento con la Botánica antillana. Ganó medalla de plata en un concurso de 1908, celebrado entre escritores, académicos y políticos, que conmemoraron el Cuarto Centenario de la Colonización Cristiana de Puerto Rico.

Cinco años después, en 1913, llegó a la Isla un científico que habría de cambiar la ciencia de Puerto Rico y el plan que tenía Roqué sobre la Botánica antillana. Fue el estadounidense Nathaniel Lord Britton.

Nacido el 15 de enero de 1859 en Nueva York, había madurado con la necesidad innata de estudiar la naturaleza. Durante sus recorridos en el distrito de Staten Island, recogía las plantas que se le cruzaban en el camino. Preparaba entonces su propia colección de botánica.

Terminó su doctorado con una tesis sobre la flora de Nueva Jersey, y fundó el Jardín Botánico de Nueva York. Escribió un libro ilustrado sobre plantas y árboles del norte de Estados Unidos y Canadá, que se convertiría en referencia para la ciencia de su época.  El académico lograba proyectos de gran envergadura, consiguiendo fondos para sus emprendimientos a costa de nombrar especies descubiertas con el nombre de sus auspiciadores. En 1902, comenzó una serie de expediciones al Caribe, principalmente a Puerto Rico, financiadas de su propio bolsillo.

El botánico y taxónomo Britton llegó a dirigir lo que hoy se conoce como una de las iniciativas académicas más ambiciosas en la ciencia de toda la América tropical. El Inventario Científico de Puerto Rico fue un estudio exhaustivo de la botánica, geología, meteorología, oceanografía, arqueología y zoología del archipiélago puertorriqueño. Lo llevaron a cabo investigadores adscritos a la Academia de las Ciencias de Nueva York, representantes de la ambición metropolitana que buscaba oportunidades en la Isla, quince años después de la invasión estadounidense.

Roqué, que con cierta notoriedad había publicado la novela Luz y sombra, consideraba que la intelectualidad criolla daba mucha importancia a las letras o al debate del status político surgido tras la invasión estadounidense. “Aquí vienen comisiones científicas a estudiar nuestro país, y triste decirlo, pasan desapercibidasÖ No sucede así con el primer guarachero que se asoma por la boca del Morro”.

Roqué siguió escribiendo. En 1920 había completado 50 libretas de los primeros borradores. En una nota biográfica, que se encuentra en la Colección Puertorriqueña de la Universidad de Puerto Rico, sostuvo que le faltaba poco para terminar la obra, pero necesitaba $15,000 dólares para costear la impresión. El bisnieto de la científica, Pablo Liceaga Valldejuli, sostiene que ella prefería emplear el poco dinero personal que tenía en formar maestros. Así que Roqué tomó una decisión para que su obra viera la luz. Le puso un “Se vende”.

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