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El tesoro de una científica rebelde (2 de 2)

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Imagen de una de las portadas de los cuadernos, ilustrada por Ana Roqué de Duprey, y donde se aprecia su extraordinaria caligrafía.

Imagen de una de las portadas de los cuadernos, ilustrada por Ana Roqué de Duprey, y donde se aprecia su extraordinaria caligrafía.

LISTÍN DIARIO / 24 DE FEBRERO DE 2015 / POR ELIVÁN MARTÍNEZ MERCADO

Centro de Periodismo Investigativo

Carlos E. Chardón, director de la Estación Experimental Agrícola en Río Piedras, acababa de descubrir el vector de un virus que asolaba la poderosa industria de la caña controlada principalmente por el capital estadounidense.

Había ayudado a Roqué a identificar ocho especies, y ella intentó aprovechar la oportunidad para que Chardón avalara su trabajo botánico. El 3 de diciembre de 1922, el científico repasó y comentó algunas de las libretas. Recomendó que no las vendiera para que no le cambiaran ideas ni le quitaran el crédito del trabajo a Roqué, según una carta que se encuentra en la Colección Puertorriqueña de la Universidad de Puerto Rico.

“Veré con gusto que Ud. pudiese acabar esta obra de vulgarización [divulgación] científica que tanto conviene al país”, sostuvo. Chardón consideró que la obra era “interesante y jugosa”, pero reparó en la forma de clasificar especies, la cual evaluó como “sumamente defectuosa”, por usar nombres anticuados o sinónimos. Le aconsejó que adoptara la nomenclatura científica de la ‘Flora Portoricensis’ del botánico alemán Ignatz Urban.

Para los manuscritos finales de 1925, Roqué cambió nombres científicos, de manera que estuvieran actualizados. No sólo pulió la obra. Abandonó el enfoque de educación para las escuelas de Puerto Rico, y convirtió la Botánica antillana en un libro de divulgación general que sirviera de complemento a la obra técnica del botánico estadounidense Nathaniel Lord Britton.

“En los momentos actuales, algunos americanos ilustrados se han ocupado de nuestra Flora, pero casi desconocen sus propiedades”, escribió Roqué en la introducción de la versión final de la Botánica antillana. “La generalidad, tanto americanos como puertorriqueños, las desconocen; aún nuestros mismos médicos, que la miran como cosa baladí, sin acordarse de que la sabia naturaleza casi siempre coloca el remedio junto a la enfermedad propia de cada país”, añadió.

La científica sabía que la peletaria (que identificó como Laururus minor en la página 92) era un alimento diurético cuya hoja también servía de antídoto para la mordedura de animales ponzoñosos. Habló del ilang ilang, en la página 72, describiendo los pétalos aterciopelados, fragantes y cabizbajos, de esta planta que se usa contra la parálisis y las afecciones nerviosas del estómago y los intestinos. “Su perfume es exquisito”, expuso. “En Puerto Rico debería explotarse esa planta en perfumería; pues el árbol se produce aquí perfectamente, y nadie hace caso de él”. En las páginas 57 y 58, aseguró que el loto americano (que clasificó como Nelumbium luteum) posee propiedades refrescantes y algo antiafrodisiacas, y que el jarabe se usa para conservar y perfeccionar la voz de los cantantes.

Roqué describía casi el triple de especies que el estadounidense Britton, quien en sus estudios científicos solo trató sobre la flora de Puerto Rico e Islas Vírgenes. Ella abarcó más islas, siguiendo el ideal de la solidaridad antillana de Eugenio María de Hostos y Ramón Emeterio Betances. En su época, una obra así podría considerarse revolucionaria.

Con su tercera versión de los manuscritos, Roqué regresó a buscar el visto bueno de Chardón. Habían pasado diez años desde la primera vez que pidió la opinión del hombre que se convertiría en administrador del Plan de Reconstrucción del Presidente Roosevelt para Puerto Rico, y fundador de programas agrícolas en Colombia, Venezuela, Bolivia y República Dominicana.

Chardón, entonces rector del recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, indicó que el trabajo estaba “mucho mejor y era digno de los mayores elogios”, según una carta fechada el 20 de febrero de 1932. “Representa una obra de gran paciencia y afición a la ciencia y es merecedora de una cálida felicitación”. “No veo, sin embargo, la oportunidad de publicarla”, le soltó.

Si la primera vez la exhortaba a ajustarse a los nombres científicos del alemán Urban, esta vez le aconsejaba someterse a la ciencia imperial estadounidense. “Para ello tendría que ser revisada con el objeto de reducir los nombres científicos a la sinonimia Britton, que es la obra más reciente de nuestra flora y la cual debe seguirse, por ser la mejor y la más completa”. Roqué tenía 79 años.

Corría el año 1932 y entraba en efecto el sufragio para las mujeres que sabían leer y escribir. La científica estaba inválida a causa de una de elefantiasis en las piernas. La cargaron sobre una silla, de colegio electoral en colegio electoral, del pueblo de Río Piedras al barrio sanjuanero de Santurce. Su nombre no aparecía en las listas de inscripción. A sus acompañantes se les ocurrió una mentira piadosa para no matarla de tristeza: le hicieron firmar un afidávit para hacerle creer que el voto que iba a ejercer era válido. Once meses después, murió.

La noticia de que Ana Roqué había dejado manuscritos inéditos tomó por sorpresa al doctor Jorge Carlos Trejo. El botánico mexicano, descubridor de tres especies de plantas en Puerto Rico y asiduo lector de libros de la flora caribeña, nunca había escuchado de una mujer puertorriqueña que escribiera sobre la botánica a principios del siglo XX.

“¿Sabes lo que me estás diciendo? Si ese libro existe es algo importante para tu país”,  le comentó a su amiga Iliamarie Vázquez, registradora en un museo, cuando ella le habló por primera vez sobre los manuscritos de Roqué.

Los cuadernos que Vázquez le describió a Trejo eran un conjunto de libretas que ella vio mientras inventariaba objetos del clausurado Museo Histórico de Santurce, y que terminaron donados, custodiados y digitalizados en el Centro de Investigaciones Históricas de Vega Baja.

El botánico quería rescatar la obra. Fue entonces cuando me invitó a participar en la búsqueda del libro perdido de Ana Roqué.

Buscando en internet, Trejo identificó un segundo grupo de textos en el Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad de Puerto Rico: los manuscritos redactados entre 1906 a 1913. Estos empezaban en la página 54 de la libreta 2™. ¿Dónde estaba el texto 1? que debía extenderse hasta la hoja 53? Faltaban piezas.

Daba la impresión de que estábamos mirando borradores de un rompecabezas más grande. Debía existir una versión final.

En el Centro de Investigaciones Históricas, los archivos indicaban que las libretas llegaron allí porque habían sido donadas por el Museo de Historia, Antropología y Arte del mismo recinto de Río Piedras. El registro de esa institución, sin embargo, no tenía información de cómo ni cuándo los manuscritos ingresaron en esa colección, según la registradora. Pero había una sorpresa: textos adicionales de la Botánica antillana. Los cuadernos más completos y pulidos, los de 1925.

Estaban en el depósito del Museo, en un anaquel bajo llave, acompañando precisamente materiales de uno de los defensores de la idea de la Confederación Antillana, Eugenio María de Hostos. Cada libreta estaba cubierta con papel de protección contra la humedad, dentro de un sobre libre de ácido, en cajas de conservación, junto a otros manuscritos de Roqué como la Gramática castellana y Recuerdos de un país del sol, novelas y cuentos antillanos.

Fue un golpe suerte dar con los cuadernos. El Museo de Historia, Antropología y Arte no tiene un catálogo de uso público que mencione la Botánica antillana. Allí sabían que los documentos eran importantes porque los había escrito Roqué, pero nunca habían sido expuestos y estaban disponibles para revisión de forma limitada. “Nuestro objetivo ahora es ponerle en las manos a la gente este libro”, explicó Trejo, quien ha comenzado a trabajar para  digitalizar, transcribir, comentar y publicar íntegramente la Botánica Antillana. “Estaríamos concluyendo lo que Ana Roqué quiso. Es algo romántico, pero también algo práctico para Puerto Rico”.

La obra da testimonio de la subordinación de la mujer en un mundo científico aún dominado por los hombres. “Tal como le pasó a Ana Roqué, que tuvo que hacer su carrera de maestra por su necesidad económica, a muchas mujeres les toca cuidar a los hijos y hacer otros trabajos que no le permiten dedicar más tiempo a la ciencia. Usualmente tienen que escoger entre su familia o las obligaciones difíciles de la investigación”, apuntó la experta en genética molecular Greetchen Díaz, coordinadora de una iniciativa de la página cienciapr.org, que rescata la historia de las puertorriqueñas que aportan al desarrollo científico. “Hay una disparidad en cuanto a los puestos directivos. Los ‘grants’ más prestigiosos que se pueden conseguir para investigar, la mayoría los obtienen hombres”.

Puerto Rico, además, enfrenta la pérdida de recursos naturales y un medioambiente degradado, mientras que la ciudadanía depende principalmente de una medicina global altamente química. “El libro de Ana Roqué presenta una alternativa, ahora que ha explotado una concienciación de lo que es la medicina natural y las propiedades de las hierbas para la salud mental y física”, añadió Libia González, quien estudia el cruce entre los estudios ambientales y las humanidades, y es profesora en la Facultad de Estudios Generales de la Universidad de Puerto Rico. “Los manuscritos pueden demostrar la preocupación intelectual de la época de un Puerto Rico devastado por huracanes, la explotación severa de los terrenos para los monocultivos en la agricultura, la insalubridad. Ese trabajo es fundamental para entender los cambios ambientales”.

¿Por qué  desalentó Chardón la publicación de la Botánica antillana? Parecía un conflicto de interés, porque él había colaborado con el inventario científico de Britton, y cabildeado para que la legislatura colonial diera dinero al estadounidense y terminara el proyecto. Pero no quise juzgar a Chardón con ojos del presente.

Así que fui a entrevistar al doctor Frank Wasworth, un científico de prestigio de la vieja guardia, que llegó a Puerto Rico en 1942, casi 10 años después de la muerte de Roqué. En su oficina en la biblioteca del Servicio Forestal de Estados Unidos, en el Jardín Botánico en Río Piedras, se desplazó con dificultad, por problemas para caminar, usando la silla de su escritorio como silla de ruedas.

“No existe un poder supremo que indique que un nombre científico es correcto y otro no. Ana Roqué no cometió un pecado mortal; el asunto del nombre científico no reduce su mérito. Ella pudo trabajar los cambios con un editor”, dijo Wasworth. “Los nombres científicos cambianÖ No perdería más tiempo en ese detalle de la carta de Chardón para publicar la obra de Ana Roqué”.

Casi 90 años después de escribir la Botánica Antillana, el valor de su obra estaba por revelarse.

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